Una obra de mi autoría
EL CHARCO Y LA LUNA
A esa mágica ciudad,
San Nicolás de los Arroyos
Caminaba despacio. Las manos en los bolsillos. Cantaba bajo, muy bajo.
Era la forma de acompañarse por las solitarias calles apenas iluminadas.
Volvía del trabajo siempre por el mismo sendero. Cruzaba el terraplén y luego, el caminito hecho casi a la fuerza, por el paso de los laburantes, acortando la salida hacia la calle grande.
El resplandor de la luna nueva, dejaba presentir el azul de las campanillas, que, ahora cerradas, las acunaba el alambrado.
Cruzó la calle grande sin dejar de cantar. Debía caminar varias cuadras.
Algún que otro ladrido llegaba desde la lejanía.
Las luces encendidas, permitían espiar la hora de la cena, en este barrio, donde los charcos fabrican lunas en cada esquina.
Desde la mañana, la canción giró en su mente. La susurró durante todo el día; y ese, no era uno más, era el que nos cambia, el que nos hace doblar la esquina de la vida.
Creyó que su mente jugaba otra vez, no, esta vez ¡no!
A lo lejos se escuchaba la canción.
Los recuerdos se treparon como enredaderas apretando el pensamiento. Aceleró los pasos.
El sonido venia del viejo club. Estaba a dos cuadras de la calle grande.
-¡Seguro, hoy milonga hasta las cuatro!
Cruzó a dos señoras, acompañantes de niñas casaderas, vestidas de percal almidonado para el baile. Las muchachas iban tomadas del brazo, murmurando no sé que cosa.
Cantaba bajito ¡Ya llegaba!
Cruzó más señoras acompañantes de niñas casaderas, y algún que otro muchacho de caminar ligero, oliendo a perfume de frasco grande.
El bar de la esquina casi vacío: -¡Claro, hoy milonga en el club!
De reojo vio dos personas jugando a las cartas.
Algunos purretes en el metegol. Una pareja chamuyaba, allá en el fondo.
Don pepe, acodado al mostrador, releía el diario.
Esa noche, los tacos de billar, lucían como armaduras; hoy no estaba la muchachada revoltosa, no era día de gritos y risotadas ¡Había milonga en el club!

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